Impedimento
Si pudiera convertiría mis huellas en barro, afilaría los
ojos y pisaría las lágrimas.
Pero tengo una memoria que no cesa,
un surtidor de
sueños que no me deja abandonarme a la
locura.Un lugar y un espacio para descubrir las pequeñas cosas perdidas en el tiempo. Los olvidos, los recuerdos y las imágenes que guardamos celosamente en la retina. Lo que fue privado y se escapó por las ventanas. El nunca y el jamás de los cuentos, de los cuentos chinos...de nuestros cuentos.

Empezó a pensar en un nuevo teorema que transformara las cifras en música en el mismo momento de
su escritura, si lo conseguía quizá se
acabarían las agrias disputas académicas sobre lo real. Le quitaba el sueño conseguir el antiguo
anhelo del “teorema metamórfico”. El
viejo profesor dedicó su vida a desarrollar en la pizarra hipótesis sobre
la mágica transformación numérica hasta que un día se dio cuenta de que la
clase estaba vacía. Solo él estaba interesado en el tránsito. Un timbre lo sacó de su ensimismamiento, apagó el despertador, se dio la vuelta y siguió durmiendo.
Esperó hasta dormirse y soñó con otra Navidad. Los ruidos del
hambre fueron apagándose. De improviso, apareció una niña detrás de un
escaparate, rodeada de buñuelos, ensaimadas
y chocolate. Sumergida en una montaña azucarada, apenas sobresalía su
rostro, con la mirada perdida, ausente. Para llamar su atención golpeó con los
nudillos el cristal y gesticuló insistentemente. Fue en vano, ella no podía
verla, habitaba en un globo repleto de su propio aire, impermeable, lleno del
vapor asfixiante del olvido. Gritó hasta quedarse afónica, solo entonces despertó.
Sobre la mesa un pedazo de pan y un vaso de leche. 

Recluida en el pozo seco, pronto se callará. No tendremos
más problemas señor, nadie la ha visto caer con la hogaza de pan en la mano,
dijo en voz baja el guardián de los panes. Aunque la robó en un descuido no
pudo escapar a los cien mil ojos del señor de la usura. Una vez impuesto el
orden, el amo cerró sus párpados satisfecho. Sus vigilantes, cegados por la
noche, no vieron como ella, que había estado llorando amargamente anegando el
pozo de lágrimas, conseguía subir a flote de puntillas sobre una miga de pan.
El mundo se había despersonalizado. Los clientes, jueces y abogados eran
incorpóreos, no se necesitaba ir a los
tribunales y las gestiones se hacían de forma virtual. Su papel como abogada se
limitaba a teclear delante del ordenador en una sala habilitada del palacio de
justicia y a trabajar con el móvil. Se había acostumbrado a no tener ningún
contacto con los clientes hasta que un día un hombre al salir de la sala le
tiró violentamente del bolso mientras gritaba desesperado: por favor, ayúdeme, soy
un ciudadano en vías de extinción, abocado a la nada, inexistente por culpa del
baremo que se ha establecido para el acceso al recurso telemático. Necesito
urgentemente hacerle una consulta. Es algo de vida o muerte. Sintió un
escalofrío, rápidamente le dio a cancelar y vio como desaparecía fundido en el
negro de la pantalla. Reinició y volvió a la normalidad.